Delicias
Editorial

ZAPATERO A TUS ZAPATOS

DICHARACHOS

Miguel Alcaraz / Editorialista

viernes, 05 agosto 2022 | 17:17

Mandato o recomendación, este dicho popular abarca diversos significados: Dedicarse a lo que se sabe hacer bien, ocuparse de los propios asuntos sin meterse en los que no le conciernen, limitarse a opinar sobre aquello que se conoce y entiende. Y bien puede decirse que al mundo le iría mejor si tal sabio dicho respetado fuera.

Durante la Edad Media adquirieron gran importancia en las ciudades los Gremios laborales, de pertenencia obligatoria, siendo los 5 mayores los de joyeros, merceros, sederos, pañeros y drogueros, seguidos por alfareros, caldereros y herreros, manteniendo una jerarquía precisa: Maestros, Oficiales y Aprendices, acorde al grado de dominio del oficio, en un sistema de transmisión del saber que asegura la calidad del producto, como refleja el dicho: El buen paño en el arca se vende, evidenciando el orgullo por la obra bien hecha. Los Gremios controlan la economía de las ciudades y eliminan la competencia en la venta del producto, formando una clase social altamente respetada.

La Revolución Industrial, con el auge de la mecanización, por una parte privilegia la cantidad a la calidad del producto y por otra somete al trabajador a la esclavitud económica, siendo degradados tanto dicho producto como el individuo, carente de orgullo por su obra, siendo sólo pieza sustituible de un engranaje que lo despersonaliza. Tras un largo y duro proceso de activa lucha contra la implacable explotación, el proletariado consigue agruparse en Sindicatos, pero éstos carecen del eficaz sistema de enseñanza característico de los antiguos Gremios, centrando su tarea en la defensa de los derechos humanos y mejoras laborales, ya que el producto en sí se halla por entero bajo el control del empresario, de quien depende en última instancia la calidad del mismo. Lejos quedaron los tiempos en que muebles y enseres de una casa, incluso ropa aún en buen uso, transmitidos eran a la siguiente generación, pues hoy en día lo duradero no resulta ya rentable para la industria, predominando lo efímero y lo desechable: la calidad queda reservada para los artículos de lujo, consumo exclusivo de las clases privilegiadas.

Dedicarse a lo que se sabe hacer bien no es siempre posible en el fluctuante marco del mercado laboral, debiendo muchos individuos adaptarse a tareas ajenas a la capacitación adquirida, en tanto que otros ocupan puestos para los que no han sido convenientemente preparados debido a influencias personales, ambas circunstancias causa siendo de ineficacia laboral afectando el servicio que debiera rendirse en cada caso para perjuicio de quien debe recibirlo o del consumidor del producto, y es difícil que se halle personalmente satisfecho de su tarea laboral quien, empleando otro popular dicho de arcaica expresión, meterse debió por una u otra causa “en camisa de once varas”.

Ocuparse de lo ajeno en lugar de lo propio suele asimismo resultar perjudicial en el marco de las relaciones humanas, tanto para aquél en cuya vida se interfiere como para el entrometido, quien descuida por ello lo que personalmente le atañe. En el caso extremo de aquéllos a quienes llamamos Metomentodos, cuyo máximo interés en la vida es inmiscuirse en los asuntos ajenos, decirse puede que, proyectados sin cesar en la vida de los otros, ausentes siempre de sí mismos por tal causa, de vida propia carecen, siendo además vistos como insoportable molestia por quienes su entremetimiento sufren y evitados en lo posible como temible plaga. El caso por entero positivo es el de aquellos solidariamente activos con los desprotegidos, en sincero impulso de ayuda que les proporciona interno bienestar propio.

En cuanto a limitarse a opinar sobre aquello que se conoce y entiende, recomendación es ésta que por todos debiera ser seguida, pues no respetarla es fuente de opiniones que pueden ser falsas en la ignorancia de quien las expresa, conduciendo despreocupadamente a otros al engaño sobre determinadas cuestiones o gentes, infiriendo en la opinión ajena sin sustento real de lo dicho, en ocultación de la propia ignorancia.

Y ciertamente, preferible es desconocer algo a adquirir sobre ello un conocimiento erróneo, viviendo engañado sobre multitud de cosas sobre las que se sustenta la interpretación del mundo que nos rodea, de los otros y de sí mismos, multiplicando la ignorancia en lugar de ponerle fin mediante el aprendizaje, en este caso olímpicamente desterrado, sea por vanidad y falsa suficiencia o por simple pereza. Por supuesto, a medida que los otros descubren lo erróneo de las afirmaciones oídas, el crédito a quien las expresa disminuye a ojos vistas, hasta no ser creído por nadie y resultando evidente su insensata ocultación de la ignorancia, objeto siendo de burla a sus espaldas: penosa consecuencia de un hábito tan perjudicial para sí mismo. Ante la ignorancia, el silencio o el humilde reconocimiento de ella son en verdad la única sabia actitud.